Narrar la escuela para reconstruirla. Narrar la experiencia para educar (2)

Narrar la escuela para reconstruirla.

Narrar la experiencia para educar (2)

Autor Claudio Núñez (1)

Narrar(se) para narrarnos

Para responder a la pregunta por la identidad, que es preguntarse por quiénes somos, implica, por un lado, interpretación y construcción de nosotras mismas y nosotros mismos a partir de una trama narrativa y, por otra parte, comprender a otras personas solo es posible desde la narración que hacen de sus propias vidas. Es como si la identidad de una persona, el sentido de quién es y de lo que le pasa, solo se hiciera tangible a través de la narrativa.

Como señala Mèlich (2006), la vida humana tiene dos dimensiones: la dimensión biológica y la narrativa. Como seres humanos estamos obligados/as a narrar para transitar de la situación encontrada a la deseada, para encontrar sentidos, para cambiar al mundo, para no ser indiferentes a él y a las personas. Nacemos en la narración. La vida está envuelta en una narración, por tanto, vivir no consiste en otra cosa que desplegar esa potencia narrativa. Vivir es narrar, se vive narrando, se vive gracias a la narración. También se narra para contar otras vidas, otros mundos, otros lugares, otros tiempos (Skliar, 2019). La narración permite hacer consciente la vida vivida, tomar conciencia de sí, del mundo, de las otras personas, de la situación encontrada. Somos herederos que debemos responder a una doble exhortación: saber y saber reafirmar lo que viene antes de nosotras y nosotros, y seleccionar, filtrar e interpretar para transformar. Estamos siempre en situación biográficamente determinada (Derrida y Roudinesco, 2014).

“(…) es necesario que cada educador y educadora pueda decirse a sí mismo y a sí misma, para decir el mundo, para decir la escuela, para decir la educación, para decir sus saberes, sus sentidos; para encontrarse con sus estudiantes, con el ser docente, con sus experiencias, en definitiva, con la vida.
Porque educar, más que un trabajo, más que una profesión, más que un oficio es un acto de responsabilidad con la vida, con las otras y los otros.”

La vida humana es el encuentro entre generaciones. Cada generación experimenta el mundo de una forma diferente. Las más viejas experimentan cierta melancolía por descubrir que no están inaugurando el mundo ni el tiempo de la vida, que el mundo ya existía previamente y que va a seguir existiendo cuando llegue la muerte, que no son imprescindibles para el mundo, ni para sus habitantes, pero sí para la propia vida, para cada una y cada uno, que es preciso tomar conciencia de la existencia, de la vida y porque, como se señaló, no alcanza con estar en el mundo, con llegar a él, con vivir biológicamente hablando, sino que es preciso hacer algo con ello. Y ese algo, ese camino es la narrativa, es la educación, es el encuentro, el tiempo, la transmisión, en definitiva, la vida (Bárcena, 2020).


La necesidad de narrar para transmitir el mundo, para no perder al mundo, para propiciar el encuentro intergeneracional, para vincular a las generaciones con la tradición, con la historia, con la herencia y con la memoria. Derrida dice que los seres humanos somos seres finitos, porque comenzamos y tenemos que aprender a concluir, a despedirnos. También somos herederos de un mundo al que no lo dejamos tal cual lo recibimos (en Bárcena, 2020).


Educar es proponer un viaje, una experiencia, un acontecimiento que vale por sí mismo y que conlleva responsabilidad y autoridad/autorización de quienes se encargan de educar.

La experiencia de educar y ser educado y educada, no es acumular ideas sobre las cosas, sino, aprender a mirar, a escuchar, a sentir, a imaginar, a creer, a entender, a elegir y desear (Bárcena, 2020). Así aparecen dos planos del educar: el mundo de las ideas y el mundo sensible. Ideas como teoría, sensibilidad y práctica se hacen uno en el narrar, en tanto quien narra construye conocimientos partiendo de sus propias experiencias, de su vida, de sus saberes, de sus padecimientos, de sus sentires y sus decires. Por ello, es necesario que cada educador y educadora pueda decirse a sí mismo y a sí misma, para decir el mundo, para decir la escuela, para decir la educación, para decir sus saberes, sus sentidos; para encontrarse con sus estudiantes, con el ser docente, con sus experiencias, en definitiva, con la vida. Porque educar, más que un trabajo, más que una profesión, más que un oficio es un acto de responsabilidad con la vida, con las otras y los otros.

El oficio docente es un oficio de palabras, de lenguajes, de escrituras, de narraciones y de discursos. Es decir, se estructura y organiza alrededor de las palabras. Sin embargo, dice Brailovsky (2020), existen palabras vacías de sentido, huecas que es preciso revisarlas, pensarlas, desconfiar de ellas, suspenderlas, analizarlas e interrogarlas. Palabras que están llenas de preguntas sobre el otro, sobre los otros y las otras, pero que -agregamos- no interrogan el nosotras y nosotros, el sí mismo como punto de partida necesario y obligatorio para pensar el mundo y desde allí dotarlo de sentido, de más preguntas y cuestionamientos que de respuestas, sentencias, etiquetas y estigmatizaciones que clausuran y anulan la riqueza, diversidad y diferencia. La pedagogía, para Skliar (2019), está plagada de estas palabras.

Te gustan las palabras… te obsesionan. Profesas un oficio de palabras.
Tienes que estar atento a ellas, darles vueltas y más vueltas, oírlas,
mirarlas, dibujarlas sobre el papel, llevártelas a la boca, paladearlas,
decirlas, cantarlas, explorar su sonoridad, su densidad, su
multiplicidad, sus relaciones, su fuerza… A veces pierdes el sueño por
una palabra. A veces sientes la felicidad de una palabra justa, precisa,
alrededor de la cual todo se ilumina. A veces te duelen las palabras
maltratadas, pervertidas, manipuladas. Tienes que llenarte de
palabras. Y llenarlas a ellas de ti. De tu memoria, de tu sensibilidad.
También de tus oscuros, de tus abismos

(Larrosa, 2003).

Las palabras requieren ser dichas y escritas partiendo de la singularidad de las voces de quien lo hace y las nombra, las dice, desde el íntimo encuentro con uno mismo y con una misma, con nuestras voces y lo que nos sucede con esas palabras. Es preciso, como lo señala Carlos Skliar (2020), ponerle voz, darle voz, hacerlas escuchar, contar historias, narrar la vida, crear las condiciones para que los educadores y las educadoras narren, para que la escuela sea un lugar narrativo y no descriptivo, conceptual, no gramatical, no retórico.


Hay que contar para que otras personas no cuenten la vida desde sus perspectivas, para que no usen sus palabras y hablen por las demás. Hay que contar para que la existencia se deba a cada persona. Por ello y para ello escribimos, narramos, contamos historias, nuestras historias, que no son las historias. Esto a la vez es vida, nos vincula entre generaciones; con las pasadas, con las contemporáneas y las futuras. También es preciso escuchar. Escuchar otras historias, otras vidas, otros mundos.


Para educar es preciso hablar, contar, relatar, recurrir a las palabras, hacerlas propias, descartarlas para volver a narrar. Narrar es el cuerpo propio de quien educa, es la vida y la historia, la encarnación de la historia y la memoria, es uno mismo, todos y todas a la vez, es la alegría, la felicidad del “comienzo” y de la “finalización”. Para educar es preciso narrar, es fundamental hacerlo, es necesario, es urgente. Educar es narrar. Educar es proyectar, es tirar hacia adelante los sueños y las esperanzas, es seguir creyendo que el mundo puede ser mejor, más igualitario, más justo, más del pueblo, más de la tierra, más de la vida.

Narrar para educar. Educar para entrelazar

En estos contextos se nos plantean nuevos desafíos y se reeditan otros nunca reconocidos, nunca transitados, nunca caminados, nunca desandados. Narrar, narrarnos para educar, para construir y reconstruirnos, para sostener la escuela pública, la institución que nos cobija. Narrarnos para que el lazo social pueda recuperarse, para entrelazarnos, para recomponernos. Para que el discurso neoliberal no se aproveche de la crisis y nos plantee el “tánatos” y el sálvese quien pueda como solución.


Sin dudas este es un tiempo de interrupción, de educación, de conciencia, y por tanto de inauguración, no de lo absolutamente nuevo, sino de lo que está en nuestra historia, en nuestra identidad latinoamericana, en lo que supimos construir como pueblo.

(1) Claudio Núñez es docente e investigador de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del
Nordeste. Profesor Titular de la Asignatura Pedagogía y Adjunto en Seminario de la Realidad Educativa de la Carrera de Ciencias de la Educación de la mencionada casa de estudios. Profesor y Licenciado en Ciencias de la Educación por la UNNE. Especialista en Investigación Educativa por la Universidad Nacional del Comahue. Máster en Políticas y Prácticas de Innovación Educativa y Doctor por el Programa de Políticas Educativas por la Universidad de Málaga, España. Realizó estancias de investigación y formación de posgrado y postdoctoral en la Universidad Complutense de Madrid, en el Grupo de Investigación en Comunicación y Educación (Procie) de la Universidad de Málaga, España, y en el Instituto de  Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE) de la Universidad Nacional Autónoma de México.
(2) Las ideas que aquí se exponen son el fruto de reflexiones desarrolladas más ampliamente en la docencia en carreras de grado y en experiencias de formación docente de las que el autor forma parte.
Bibliografía:
• Bárcena, F. (2020). Pedagogía de la presencia. Voces para una educación en la filiación del tiempo. Clase 3. Módulo 1. En Diploma Superior en Pedagogías de las diferencias. FLACSO Argentina, disponible en
flacso.org.ar/flacso-virtual
• Brailovsky, D. (2019) Pedagogía (entre paréntesis). Buenos Aires: Noveduc.
• Contreras, J. y Pérez de Lara, N. (comps.). (2010). Investigar la experiencia educativa. Madrid: Morata.
• Derrida, J. y Roudinesco, E. (2014) Y mañana, qué… Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
• Larrosa, J. (2003). La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Barcelona: Fondo de Cultura Económica.
• Larrosa, Jorge (2000). Pedagogía Profana. Estudios sobre Lenguaje, subjetividad y formación. Buenos Aires. Novedades Educativas.
• Mèlich, J.C. (2006) Transformaciones. Tres ensayos en filosofía de la educación. Buenos Aires: Miño y Dávila.
• Nicastro, S. (2006) Revisitar la mirada sobre la escuela. Exploraciones acerca de lo ya sabido. Rosario: Homo Sapiens. Pp 11 a 43.
• Núñez , C. (2020). Volver a narrar la escuela para reconstruirla. Aportes de la narrativa a la formación docente y a la educación pública. Formação de professores, infância, gênero e escola em tempos de pandemia e pós-pandemia: desafios no Brasil e na Argentina. Conferencia llevada a cabo en la I Mesa de Reflexões
NuEPFES. V Ciclo de Palestras PPGE-UFJ.
• Skliar, C. (2019). Acerca de la alteridad, la normalidad, la anormalidad, la diferencia, la diversidad, la discapacidad y la pronunciación de lo educativo. Clase 1. Módulo 1. En Diploma Superior en Pedagogías de las diferencias. FLACSO Argentina, disponible en flacso.org.ar/flacso-virtual

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